Volver a moverte
Volver a moverte después de una depresión y una lesión importante, con 52 años, no es fácil. No lo es cuando el cuerpo duele, cuando la mente pesa y cuando la vida ya te ha exigido demasiado. No lo es cuando te levantas cansada, aunque hayas dormido. Cuando respirar a veces cuesta. Cuando el silencio se vuelve más ruidoso que cualquier problema.
Volver a moverte después de una depresión no es solo una cuestión física. Es un proceso emocional, mental y profundamente interno. Es volver a confiar en tu cuerpo. Es volver a creer en ti. Es aprender a escucharte sin juicio, sin castigo, sin exigencia destructiva.
Pero hay trayectorias que se construyen a base de resistencia silenciosa. La mía siempre tuvo una base: el entrenamiento. No el entrenamiento por estética. No el entrenamiento por validación externa. El entrenamiento como herramienta para aguantar la vida. Para sostenerme siendo madre separada, con hijos pequeños, sola, trabajando como chef en una ciudad como Miami. Para después volver a empezar en España, partiéndome durante años entre dos países, dos realidades y un mismo corazón dividido.
El movimiento no era un lujo. Era supervivencia.
Volver a moverte después de una depresión no es solo una cuestión física, es un proceso emocional y profundo.
Hubo momentos en los que tuve que separarme de mis hijos. Hubo lesiones mal cuidadas porque no había tiempo para parar. Hubo una vida intensa, acelerada, exigente. Hubo días en los que el cuerpo pedía descanso y la vida exigía resultados. Y hubo algo constante: la soledad. Esa soledad silenciosa en la que nadie te pregunta cómo estás, cómo te sientes, ni de qué manera sigues en pie. La soledad donde tú sostienes a todos, pero nadie te sostiene a ti.
Volver a moverte después de una depresión no es solo una cuestión física, es un proceso emocional y profundo.
Gracias a Dios estoy bastante mejor, aunque aún hay días en los que me cuesta respirar. Días en los que el cuerpo pesa. Días en los que la mente se cierra. Días en los que todo parece demasiado. Días en los que no hay épica, no hay motivación, no hay discurso bonito. Solo hay cansancio.
Me ha tocado estar en una cama, con la cadera destrozada y completamente sola. Tres hijos tengo. Y la vida es así: o haces dinero para ser “la abuela guay”, o serás “la vieja que molesta”. Suena duro, pero es real. Da igual todo lo que hayas hecho por ellos. Eso lo vives tú. Eso te lo llevas tú. Nadie vio cuando tú te rompiste. Nadie vio cuando tú aguantaste. Nadie vio cuando tú seguiste.
Y no pasa nada. Porque la verdad también libera.
Por eso más vale empezar cuanto antes a entrenar —si es tu caso—, a cuidar tu cuerpo, a reconstruirte por dentro y por fuera. Porque el cuerpo cambia. Porque la energía cambia. Porque de repente lo mínimo te cansa el doble. Porque ya no se trata de estética, se trata de autonomía. De dignidad. De calidad de vida. De poder levantarte sola. De no depender. De no apagarte.
Respira profundo. Pon la mente en blanco. Y si no puedes, no te castigues. No pienses que no eres capaz. No estás rota. Estás cansada. Busca el motivo. Mira hacia dentro. Cambia la actitud. No de golpe. No de forma mágica. Paso a paso. Con conciencia. Con respeto. Con paciencia.
Porque tarde o temprano, si cambias el proceso, cambian los resultados.
Este mensaje es para las guerreras silenciosas. Para las que cargan sin ruido. Para las que sostienen familias, historias, heridas y silencios. Para las que siguen, aunque nadie mire. Para las que siguen, aunque nadie aplauda.
Todas llevamos nuestra cruz.
Si alguien te escucha, ya no estás sola.
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