Reflexión: La Identidad frente al Egoísmo Social

Aprender a vivir con uno mismo en un mundo que nos quiere desconectados

Vivimos en un mundo extraño. Un mundo donde durante demasiado tiempo a muchos les convenía que las mujeres no tuvieran ni voz ni voto. Un mundo donde el poder, las ambiciones y los intereses de unos pocos terminaron moldeando la manera en la que pensamos, sentimos y actuamos.

Durante siglos nos enseñaron a callar, a obedecer, a encajar, a no incomodar. A no pensar demasiado. A no cuestionar demasiado.

Y al final, sin darnos cuenta, terminamos viviendo exactamente como ese mundo quería vernos: domesticados, confundidos y muchas veces sin una identidad real.

Porque cuando una persona no sabe quién es, es mucho más fácil de manejar.

Pero la vida, cuando te golpea lo suficiente, también te enseña cosas que ningún libro puede explicar.

A mí la vida me enseñó algo muy sencillo, pero profundamente poderoso: no hay nada más seguro en este mundo que aprender a ser amigo de uno mismo.

No hay nada más valioso que sentarte contigo, escucharte, observarte y entender en qué punto de tu vida estás realmente.

Porque llega un momento en el que te das cuenta de algo que a muchos les incomoda aceptar: no quieres jugar al mismo juego que los demás.

Y no porque te creas mejor.

Sino porque simplemente eres diferente.

Y esa diferencia, curiosamente, es lo que más incomoda a la gente.

Vivimos en una sociedad donde la mayoría de las personas no soporta que alguien piense por sí mismo. Donde ser auténtico, decir lo que uno piensa o caminar un camino distinto muchas veces genera rechazo, incomodidad o incluso silencio.

Y el silencio también dice mucho.

Yo, por ejemplo, tengo más de cinco mil seguidores. Aproximadamente 5.290 personas que, en teoría, están ahí porque algo de lo que digo, hago o comparto les interesa.

Pero cuando lanzas un proyecto nuevo, cuando emprendes algo en lo que crees, cuando decides construir algo desde cero… ocurre algo curioso.

Muchos escriben por privado.
Muchos piden favores.
Muchos quieren que compartas sus negocios.

Pero muy pocos —por no decir casi ninguno— son capaces de hacer algo tan simple como compartir el tuyo.

Y ahí es cuando empiezas a entender cómo funciona realmente el mundo.

No desde el resentimiento, ni desde la rabia.
Sino desde la claridad.

Porque la claridad es un regalo que llega cuando dejas de esperar demasiado de los demás.

Y entonces entiendes algo muy importante: quizá una de las mejores decisiones que has tomado en tu vida es aprender a caminar contigo misma.

Sentirte.
Escucharte.
Entenderte.

Sin tener que dedicarle energía a todo aquello que no suma.

Vivimos en una época muy extraña. Una época donde todo parece girar alrededor del placer instantáneo.

Queremos resultados rápidos.
Queremos reconocimiento inmediato.
Queremos sentirnos bien ahora mismo.

Las redes sociales han multiplicado esta sensación. Pasamos horas deslizando el dedo por una pantalla buscando algo que ni siquiera sabemos bien qué es.

Una distracción.
Una emoción.
Una validación.

Pero en el fondo, muchas veces lo que estamos intentando llenar es un vacío mucho más profundo.

El vacío que deja no saber quién eres realmente.

El vacío que aparece cuando una persona no sabe estar sola consigo misma.

Porque una persona que aprende a estar sola —de verdad sola— sin ruido, sin distracciones y sin máscaras, descubre algo muy poderoso.

Descubre que dentro de sí mismo hay una fuerza enorme.

Una claridad.

Una libertad.

Cuando una persona se conoce a sí misma, deja de necesitar la aprobación constante de los demás.

Deja de correr detrás de todo.

Deja de vivir intentando encajar.

Y empieza a vivir desde su esencia.

Y cuando una persona vive desde su esencia, todo cambia.

Las decisiones cambian.
Las relaciones cambian.
Las prioridades cambian.

Y lo que antes parecía importante deja de serlo.

Porque el verdadero sentido de la vida no está en acumular seguidores, dinero, reconocimiento o cosas materiales.

Todo eso puede llegar o no llegar.

Pero lo que realmente da sentido a la vida es algo mucho más simple y mucho más profundo: ser útil a los demás.

Ser útil de una manera honesta.

Ser útil desde el corazón.

Hacer las cosas con amor.

Sin esperar constantemente algo a cambio.

Pero vivimos tan acelerados, tan distraídos y tan enfocados en lo superficial que muchas veces nos olvidamos de esto.

Caminamos ciegos, con el dedo en la pantalla, intentando llenar un vacío que ninguna notificación va a poder llenar jamás.

Porque ese vacío no se llena desde fuera.

Se llena desde dentro.

Se llena cuando una persona se atreve a preguntarse quién es realmente.

Cuando deja de vivir según lo que otros esperan.

Cuando deja de seguir caminos que no tienen nada que ver con su verdadera esencia.

Porque cuando una persona empieza a vivir desde su esencia, sucede algo muy curioso.

La vida empieza a tener otro color.

Las cosas pequeñas empiezan a tener más sentido.

Las decisiones se vuelven más claras.

Y lo que antes parecía imposible empieza a sentirse posible.

Pero para llegar ahí muchas veces hay que pasar por procesos incómodos.

Hay que atravesar silencios.

Hay que aceptar decepciones.

Hay que ver cómo algunas personas que parecían cercanas en realidad nunca estuvieron realmente ahí.

Y eso también forma parte del aprendizaje.

Porque la vida, al final, no se trata de cuántas personas caminan contigo.

Se trata de si tú eres capaz de caminar contigo mismo.

Por eso, cuando uno observa el mundo con cierta distancia, empieza a darse cuenta de hasta qué punto hemos sido domesticados.

Basta con mirar las noticias.

Basta con observar cómo funcionan las estructuras de poder.

Basta con ver cómo ciertos depredadores terminan dominando sistemas enteros mientras millones de personas viven distraídas, cansadas o desconectadas de la realidad.

Hemos estado desconectados durante tanto tiempo que muchas veces parece que la humanidad ha olvidado lo esencial.

La conexión con uno mismo.

La conexión con la naturaleza.

La conexión con el sentido profundo de estar vivos.

Y cuando una sociedad pierde esa conexión, todo empieza a volverse caótico.

Quizá por eso, a veces, uno piensa que el mundo necesitaría una especie de limpieza profunda. Un reset.

Un nuevo comienzo.

En las historias antiguas se hablaba de diluvios, de arcas, de reinicios de la humanidad.

Metáforas, quizá.

O quizá advertencias.

Al final, cada generación tiene que decidir qué tipo de mundo quiere construir.

Un mundo de egoísmo, distracción y vacío.

O un mundo donde las personas vuelvan a recordar quiénes son realmente.

Porque cuando una persona recuerda quién es, ya no puede ser domesticada.

Y cuando suficientes personas recuerdan quiénes son…

el mundo inevitablemente empieza a cambiar.

Dagmara Varona Diaz

Reflexión: La Identidad frente al Egoísmo Social - 1000122092
Habanastrong Wellness
Habanastrong Wellness
Artículos: 15

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

HabanaStrong Wellness
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.